La niebla no deja ver, las formas se funden en un mismo color gris, pálido, y son pocas las señales de humanidad que aún se perciben. Todo genera una atmósfera de ausencias, de seres inanimados, difusos. Por un momento me siento incluido en ella, supongo es el modo de pertenecer a mi entorno y al universo. Un resplandor, de pronto, me estremece y moviliza, algo entre las luces y sombras que no entiendo y está bien que así sea. La neblina cede y se convierte en bruma, lentamente se asoman algunas construcciones, edificios que muestran su vejez con timidez en fachadas y medianeras -por suerte- no mantenidas. Pienso que una pared recién pintada es una sumatoria de pinceladas indiferentes, atemporales e inexpresivas. Observo en sus remates miles de chimeneas, muchas ya en desuso, como tótems de la inutilidad.

Algunas de estas construcciones erigidas de la desidia y el óxido se entrelazan por cables que conectan o simplemente cuelgan con un destino desprovisto de función. Edificios abandonados, obsoletos e improductivos, hasta a veces sin límites precisos. También veo estructuras cilíndricas e infiero que pueden ser tanques, como una fábrica abandonada a su suerte, donde el tiempo es su director y los obreros están ausentes. ¿Quizás el propio tiempo los echó o, para no indemnizarlos, los hizo renunciar? Lugares que brotan a partir de la inestabilidad y el despotismo capitalista, apilamiento de ladrillos extrañados en busca de un lugar en su propio territorio.

Estos paisajes se alzan en el crepúsculo, entre el silencio y el bullicio rítmico de las máquinas. Son huellas, el resplandor de un pasado mejor y distinto. Recortes íntimos y fantasmagóricos, fragmentos cuasi reconocibles que muestran solo una parte. En nuestro subconsciente colectivo se esconde un espacio mental, una atmósfera de la melancolía, nuestra borgiana y laberíntica añoranza por un lugar mejor.

Resplandor ciclópeo
El imperio de las luces
Monumento a la nada

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